Aquel jueves la reunión volvería a ser en casa de Vera.
Su tobillo continuaba recuperándose y todavía había muchas cosas cotidianas que no podía hacer con normalidad. Lía procuraba ayudarla cuando podía: ordenar un poco la casa, alcanzar alguna cosa, preparar algo de comer o simplemente encargarse de aquello que para Vera todavía representaba demasiado movimiento.
Ese día Lía también tenía trabajo. Llevaba entre manos un proyecto que podía realizar desde casa, así que durante algunos momentos trabajaba mientras Vera hacía lo que podía desde su lugar. Entre una cosa y otra conversaban de temas sin demasiada importancia, de esos que aparecen cuando existe suficiente confianza como para no necesitar llenar cada encuentro con conversaciones profundas.
Nara les había avisado que llegaría más tarde.
Tenía una reunión importante de trabajo fuera de su horario habitual y no sabía exactamente a qué hora terminaría.
Así que no había prisa.
Lía preparó algo sencillo de comer para las tres y dejó algunas cosas listas para cuando Nara llegara.
Vera, por su parte, ya había cumplido con una de sus responsabilidades más importantes de aquella reunión.
Había escogido el té.
Esa noche tomarían té de romero.
Tenía romero fresco en casa, le gustaba y conocía algunos de los usos que tradicionalmente se le habían dado. Prepararlo sería otra historia. Con su pie todavía lastimado, aquella tarea también quedaría en manos de Lía.
Pero faltaba Nara.
Y aunque todavía no había llegado, había alguien que, de alguna manera, ya estaba presente en la conversación.
Milo
Unos días antes, Nara había enviado una fotografía al grupo.
Había estado limpiando su casa y decidió quitar los forros de los sillones, que ya mostraban las huellas normales del uso cotidiano. Después de limpiar, colocó sobre uno de ellos una manta limpia.
Milo no tardó demasiado en descubrirla.
Se acomodó sobre el sillón y terminó acostado panza arriba, completamente relajado, como si aquella manta hubiera sido colocada especialmente para él.
Nara no pudo resistirse.
Tomó una fotografía y se la envió a sus amigas.
Ahí estaba Milo, disfrutando de la casa recién arreglada con esa facilidad que tienen los gatos para apropiarse del lugar más cómodo sin necesidad de pedir permiso.
Para Nara, aquella imagen representaba algo más que un gato descansando.
Últimamente estaba sintiendo un apego muy especial hacia él.
Milo vivía con ella y Damián, pero Damián no había estado mucho en casa durante esos días. Nara, por su parte, tenía que salir a trabajar y había tenido jornadas especialmente ocupadas.
Eso significaba que Milo estaba pasando más tiempo solo.
Y a Nara comenzaba a pesarle.
Cuando nuestra rutina también es la de ellos
Finalmente Nara llegó.
Venía de su reunión y era más tarde de lo habitual.
Como siempre ocurría, una conversación llevó a otra. Nara habló de su trabajo, de aquellas reuniones que a veces aparecían fuera del horario normal y de algunas situaciones con las que no siempre estaba de acuerdo, aunque reconocía que formaban parte de su realidad laboral.
También les contó que había estado limpiando y reorganizando algunas cosas en casa porque sentía la necesidad de mover la energía del lugar.
Pero entre un tema y otro, Milo volvía a aparecer.
—Me pesa dejarlo tanto tiempo solo —comentó.
Era un gato muy mimado y aquellos días Damián tampoco estaba en casa para hacerle compañía.
Nara sabía que tenía que trabajar. Sabía que no podía organizar cada parte de su vida alrededor de Milo. Y, sin embargo, eso no impedía que mientras estaba fuera pensara en él.
Había algo que le preocupaba especialmente.
La ventana.
Cuando Damián estaba en casa había observado algo curioso. A determinada hora, Milo se colocaba en una esquina de la ventana.
Parecía esperar.
Y unos minutos después...
Nara llegaba.
A ellos les resultaba sorprendente.
No sabían exactamente cómo lo hacía. Quizá Milo había aprendido sus horarios, reconocía sonidos relacionados con su llegada o simplemente había establecido una rutina que ellos todavía no comprendían del todo.
Nara prefería pensar que, de alguna manera, Milo sabía que ella estaba cerca.
Pero esa idea también despertaba otra pregunta:
—¿Y cuánto tiempo llevará ahí esperándome?
Lía y Vera comprendían perfectamente esa preocupación.
Las tres tenían gatos y sabían lo fácil que era que aquellos animales terminaran ocupando espacios que iban mucho más allá de un rincón de la casa.
En ese momento, sin embargo, sus circunstancias eran diferentes.
Debido a la recuperación de su tobillo, Vera pasaba prácticamente todo el día en casa y convivía constantemente con su gatita. Lía trabajaba desde casa y también podía compartir buena parte del día con su gata y su perrita.
Nara tenía que salir a la oficina.
Y aquellos días esa diferencia comenzaba a pesarle.
No porque Milo pudiera explicarle cómo se sentía.
Precisamente por eso.
Veinte minutos para bajar el ritmo
Había sido un día largo.
Nara venía directamente de sus compromisos de trabajo. Lía había repartido sus horas entre su proyecto, ayudar a Vera y preparar la reunión. Y Vera continuaba viviendo sus días al ritmo que le permitía la recuperación de su tobillo.
Decidieron hacer una meditación más corta que en otras ocasiones.
Veinte minutos de conexión con la Madre Tierra.
Cerraron los ojos.
Respiraron lentamente.
Durante aquellos minutos intentaron dejar fuera las reuniones, el trabajo, las cosas pendientes y todo aquello que todavía quedaría por resolver al día siguiente.
Simplemente permanecieron ahí.
Respirando.
Sintiendo nuevamente el cuerpo después de un día agitado.
Cuando terminaron, Nara se sentía más relajada.
Pero también miró la hora.
La reunión de aquel jueves sería más corta que otras veces.
Quería estar con sus amigas.
Pero también quería regresar a casa.
Milo seguía ahí.
Una taza de romero
Llegó entonces el momento del té.
Esta vez no habría secretos ni intentos por adivinar la infusión, como había ocurrido la semana anterior con la hierba del sapo.
Vera simplemente les indicó dónde tenía el romero fresco.
Lía se encargó de lo demás.
Tomó las ramas, calentó el agua y preparó las tres tazas con el mismo cariño y la misma intención con que acostumbraban preparar aquellos pequeños rituales de los jueves.
El aroma del romero comenzó a sentirse alrededor de ellas.
Tomaron sus tazas.
Lo probaron despacio.
Conversaron un poco más.
No necesitaban alargar aquella noche.
A veces una reunión puede durar horas y otras veces basta con sentarse un momento frente a las personas que queremos, tomar algo caliente y permitir que el día termine de una manera diferente a como comenzó.
Nara había llegado tarde.
Y también sería la primera en marcharse.
Alguien estaba esperando
Después del té se despidieron.
Nara tomó sus cosas y regresó a casa.
Durante buena parte de aquella tarde había hablado de Milo.
Había pensado en cuánto tiempo llevaba solo, había imaginado que quizá estaría en aquella esquina de la ventana y había sentido esas ganas tan particulares de llegar a casa y abrazarlo.
Finalmente llegó.
Y ahí estaba.
Milo estaba en la ventana.
Nara sacó su teléfono y tomó una fotografía.
Poco después apareció un mensaje en el grupo de las amigas.
—Miren, ahí está mi Milo, esperándome.
Vera respondió:
—Me lo imagino diciendo: “Ay, mamá, te tardaste mucho”.
Nara sonrió.
Probablemente nunca sabría cuánto tiempo llevaba Milo en aquella ventana ni qué era exactamente lo que hacía que se colocara ahí cerca de la hora de su llegada.
Quizá reconocía una rutina.
Quizá determinados sonidos.
Quizá había aprendido mucho más de los horarios de Nara de lo que ella imaginaba.
Lo único que Nara sabía era que cuando regresaba a casa, muchas veces él estaba ahí.
Y eso había comenzado a significar algo para ella.
Porque llega un momento, casi sin darnos cuenta, en que dejamos de pensar únicamente en el gato o el perro que tenemos en casa.
Comenzamos a pensar:
¿Ya comió?
¿Estará bien?
Llevo muchas horas fuera.
Ya quiero llegar a verlo.
Y cuando eso sucede, algo ha cambiado.
Ya no se trata solamente de compartir una casa.
Se ha construido un vínculo.
Una historia cotidiana hecha de horarios, cuidados, costumbres, miradas, juegos, sonidos y pequeñas rutinas que probablemente nadie más entendería de la misma manera.
Quizá por eso regresar a casa puede sentirse diferente cuando sabemos que ahí existe otro ser vivo con quien hemos construido una parte de nuestra vida.
Alguien que no necesita preguntarnos cómo estuvo nuestro día.
Que probablemente tampoco entienda por qué llegamos tarde.
Pero que reconoce nuestra presencia.
Y nosotros reconocemos la suya.
🍵 El té de la noche
Té de romero
Escogido por Vera
El romero es una planta aromática originaria de la región mediterránea y ampliamente utilizada tanto en la cocina como dentro de distintas tradiciones herbales. Su nombre científico actualmente aceptado es Salvia rosmarinus, aunque durante mucho tiempo fue conocido como Rosmarinus officinalis.
En aquella reunión, Vera lo escogió por una razón sencilla: le gustaba y tenía romero fresco en casa.
No necesitaban convertir cada infusión en algo extraordinario. Algunas veces el té podía ser simplemente una planta conocida, su aroma llenando la habitación y tres amigas compartiendo una taza al final de un día complicado.
🌿 Preparación
Para aquella reunión utilizaron romero fresco.
Lía calentó el agua y colocó una pequeña cantidad de romero en cada taza. Después vertió el agua caliente y dejó reposar la infusión durante algunos minutos antes de servirla.
El romero tiene una larga historia de uso tradicional. Sin embargo, como ocurre con muchas plantas, que algo se haya utilizado tradicionalmente no significa que todos los beneficios que se le atribuyen estén demostrados ni que sea adecuado para todas las personas. Por eso, cuando se utiliza con fines distintos a su uso habitual como alimento o infusión ocasional, conviene informarse sobre la especie, cantidad, preparación y posibles contraindicaciones.
🐾 Cuando dejan de ser solamente “mascotas”
Lo que Nara experimentaba con Milo no es extraño.
La relación entre los seres humanos y los animales de compañía tiene una historia muy antigua, por lo que sería incorrecto pensar que las generaciones anteriores no podían querer profundamente a sus animales. Sin embargo, actualmente muchas personas los integran explícitamente dentro de su concepto de familia.
La investigación sobre el llamado vínculo humano-animal reconoce que los animales de compañía pueden ocupar un lugar relacional importante a lo largo de nuestra vida. Una revisión publicada en Family Process describe precisamente la importancia de estos vínculos y señala que muchas personas consideran a sus animales miembros de su familia.
Esto no significa que convivir con un animal garantice automáticamente un mayor bienestar emocional. La investigación más reciente encuentra resultados diversos cuando intenta relacionar directamente el grado de apego hacia una mascota con la salud mental de su cuidador. El vínculo existe y puede ser muy significativo, pero las relaciones entre apego y bienestar son más complejas de lo que a veces se presenta en redes sociales.
Tal vez no necesitemos convertirlo en algo más complicado.
Quienes vivimos con animales aprendemos pequeñas cosas sobre ellos y ellos aprenden sobre nuestras rutinas.
Reconocemos dónde prefieren dormir.
Sabemos qué maullido utilizan cuando quieren algo.
Notamos cuándo buscan compañía y cuándo quieren espacio.
Ellos, por su parte, pueden aprender horarios, sonidos, movimientos y acontecimientos que se repiten dentro de casa.
De esa convivencia nace algo difícil de explicar a quien nunca lo ha experimentado:
una manera de conocernos sin hablar el mismo idioma.
🧘♀️ Meditación recomendada
Meditación de gratitud por quienes comparten nuestro camino
Esta meditación puede realizarse después de preparar el té. No es exclusiva para quienes tienen animales de compañía; podemos dirigirla hacia cualquier ser con quien hayamos construido un vínculo importante.
Siéntate cómodamente.
Cierra los ojos.
Respira lentamente durante unos minutos y siente el peso de tu cuerpo sobre el lugar donde estás.
Imagina tu hogar.
No necesitas visualizarlo perfecto ni ordenado.
Recórrelo mentalmente como es realmente.
Ahora piensa en los seres con quienes compartes tu vida.
Puede ser una persona.
Un perro.
Un gato.
O simplemente alguien cuya presencia hace que un lugar se sienta diferente.
Recuerda alguna escena cotidiana.
No busques un momento extraordinario.
Quizá sea alguien durmiendo cerca de ti.
Una mirada.
Un saludo cuando llegas.
Una rutina que repiten todos los días.
Permanece unos instantes con esa imagen.
Y pregúntate:
¿Qué presencia de mi vida he comenzado a considerar tan cotidiana que a veces olvido agradecerla?
Respira.
No necesitas encontrar ninguna enseñanza.
Simplemente reconoce ese vínculo.
Y antes de abrir los ojos puedes repetir mentalmente:
Gracias por compartir una parte del camino conmigo.
🌿 Algunas reflexiones para quienes compartimos la vida con animales
El cariño también necesita cuidados concretos. Amar a nuestros animales implica procurar alimento, atención veterinaria cuando la necesitan, seguridad, actividad apropiada para su especie y oportunidades de expresar comportamientos naturales.
Aprende a observarlos sin interpretar todo desde nuestras emociones humanas. Podemos sentir que nuestro gato está triste porque salimos de casa, pero conviene observar cambios reales en comportamiento, alimentación, sueño, aseo o uso del arenero antes de sacar conclusiones.
Las rutinas pueden ser importantes. Horarios relativamente predecibles para alimentación, juego y convivencia pueden ayudar a estructurar el día de nuestros animales.
Estar muchas horas fuera no nos convierte automáticamente en malos cuidadores. Las circunstancias laborales son diferentes para cada persona. Lo importante es preguntarnos qué necesita el animal con el que vivimos y qué podemos hacer razonablemente para enriquecer su entorno y compartir tiempo de calidad cuando estamos presentes.
No todos los gatos necesitan exactamente lo mismo. Algunos buscan constantemente contacto y otros disfrutan largos periodos de independencia. Conocer al animal concreto que vive con nosotros es más importante que aplicar una única idea a todos.
Y quizá la más sencilla:
cuando estés con ellos, procura estar realmente un rato con ellos.
A veces unos minutos de juego, caricias —si las buscan— o simplemente compartir tranquilamente el mismo espacio forman parte de ese lenguaje cotidiano que hemos ido construyendo juntos.
✨ La intención de esta taza
Hoy agradezco los vínculos que se construyen en lo cotidiano. Valoro la presencia, el cuidado, las rutinas compartidas y ese cariño que no siempre necesita palabras para hacerse sentir. Me permito estar presente para aquellos seres que forman parte de mi vida y agradecer también la compañía que ellos me ofrecen.
🌱 Reflexión
A veces no nos damos cuenta de cuánto espacio ocupa un animal en nuestra vida hasta que comenzamos a observar todas esas pequeñas cosas que hemos construido juntos.
La hora de comer. El lugar donde duerme. La manera en que nos recibe. Los sonidos que reconocemos. Sus gustos, sus manías y esas costumbres que probablemente para cualquier otra persona pasarían desapercibidas.
Con el tiempo aprendemos a conocerlos y ellos también aprenden nuestras rutinas.
Por eso la imagen de Milo esperando a Nara en aquella esquina de la ventana resulta tan sencilla y, al mismo tiempo, tan significativa.
Nara no podía saber cuánto tiempo llevaba ahí ni qué hacía que Milo se acercara a la ventana poco antes de su llegada. Tampoco necesitaba saberlo.
Lo importante era que, después de un día largo, ella regresaba y Milo estaba ahí.
Y quizá eso sea parte de lo que sucede cuando un animal deja de ser solamente “la mascota de la casa” y se convierte en familia.
Comenzamos a incluirlo en nuestros planes. Pensamos si ya comió, si lleva demasiado tiempo solo, si estará cómodo, si necesita algo. Nos acostumbramos a su presencia hasta el punto de que sus pequeñas rutinas terminan formando parte de las nuestras.
Y un día comprendemos que hogar no es solamente el lugar al que regresamos.
Hogar también puede ser aquel ser que reconocía nuestros pasos, nuestra voz, nuestros horarios y que, a su manera, nos esperaba.
Esta Taza 19 habla precisamente de esos vínculos.
Y mientras la escribo, esas palabras tienen para mí un significado mucho más profundo.
Porque hace apenas unos días tuve que despedirme de alguien que durante casi quince años también formó parte de mi hogar.
🐾🤍 Esta taza es para ti, Micha
Esta Taza 19 está dedicada a Micha, mi querida perrita, quien trascendió el 6 de septiembre de 2026, pocos días antes del mes en que habría cumplido 15 años.
Micha nació en 2011 y durante todos estos años fue mucho más que una mascota.
Fue familia.
Fue compañía, presencia, cariño y parte de tantos días de nuestra vida que hoy resulta difícil imaginar todos esos espacios sin ella.
Fue una perrita profundamente amada.
Por eso su partida nos duele tanto.
Duele extrañarla. Duelen sus espacios vacíos, sus costumbres y esos pequeños momentos cotidianos que mientras sucedían parecían tan normales y que hoy tienen un valor inmenso.
Pero no quiero recordarla solamente desde la tristeza.
Quiero recordarla como fue.
Quiero recordar su alegría y, especialmente, aquella colita que movía cuando nos veía, como si nuestra llegada fuera siempre motivo suficiente para ponerse feliz.
Y así quiero imaginarla ahora.
Feliz. Libre. Tranquila. Moviendo su colita como siempre lo hacía cuando nos veía.
Quiero pensar que el amor que recibió durante todos estos años también forma parte de la historia que dejó con nosotros.
Porque Micha fue amada.
Muchísimo.
Y aunque hoy nos toca aprender a vivir sin su presencia física, hay casi quince años de recuerdos que su partida no puede llevarse.
Gracias, Micha, por acompañarnos durante tantos años.
Gracias por tu cariño.
Gracias por esperarnos.
Gracias por cada movimiento de tu colita, por cada momento compartido y por haber formado parte de nuestra familia.
Nos duele mucho tu partida porque tuvimos la fortuna de quererte muchísimo.
Y aunque ya no podamos encontrarte esperándonos como antes, siempre habrá algo de ti en ese lugar al que llamamos hogar.
Fuiste muy amada en esta vida.
Y siempre serás parte de nuestra familia.
🐾🤍 Esta taza es para ti, Micha.
Micha · 2011 – 6 de septiembre de 2026
Siempre en nuestro corazón. 🐾🤍
⚠️ Nota importante
La información compartida en este espacio tiene únicamente fines informativos, culturales y de experiencia personal alrededor del uso tradicional de las plantas e infusiones.
Té con Intención no busca sustituir recomendaciones médicas, diagnósticos ni tratamientos profesionales. Cada persona es responsable del consumo de cualquier planta o infusión mencionada dentro del blog y se recomienda informarse adecuadamente antes de utilizarla, especialmente si padece alguna enfermedad, está embarazada, en periodo de lactancia o consume medicamentos.
Asimismo, las reflexiones relacionadas con animales de compañía se comparten desde la experiencia personal y con fines generales. No sustituyen la valoración de un médico veterinario o especialista en comportamiento animal cuando existen cambios importantes o preocupantes en la salud o conducta de un animal.
Lizeth Cruz
Autora de Té con Intención
🌿 Nos vemos en la cima, cualquiera que sea tu cima.


