La tarde del 8 de febrero llegó acompañada de la certeza de que habría una nueva reunión de Té con Intención. Quizá todavía no sabían exactamente dónde se reunirían, pero de algo sí estaban seguras: encontrarían la forma de hacerlo.
Semanas antes, Damián había hecho un encargo muy especial a Lía.
Entre las muchas habilidades que tenía, además de su profesión como ingeniera, existía una que disfrutaba profundamente: trabajar la madera. Le gustaba diseñar y construir muebles a medida. Había fabricado varias piezas para su propia casa y, aunque amigos y familiares insistían en que podía convertirlo en un negocio, ella simplemente lo hacía porque le apasionaba crear.
Cuando Nara y Damián comenzaron a dar forma a su nuevo hogar, surgió la necesidad de crear un espacio cómodo para comer. Damián siempre había querido una barra de madera, así que Nara le sugirió una idea que parecía obvia.
—Quizás Lía podría hacerla.
Después de conversar sobre medidas, diseño y materiales, Damián le explicó lo que imaginaba.
—Si me das la oportunidad de hacértela, bajo tu propio riesgo, la hago —respondió Lía entre risas.
Los dos sonrieron.
Ninguno sabía exactamente cómo quedaría, pero ambos estaban dispuestos a intentarlo.
Un día antes de la reunión semanal, Lía escribió un mensaje a Nara:
"Mañana le entregaré la barra a Damián. ¿Crees que podamos aprovechar para reunirnos otra vez en su casa y hacer nuestro té?"
Nara consultó rápidamente con Damián.
La respuesta llegó casi de inmediato.
"Será un gusto, por supuesto que sí."
Aprovechando la ocasión, Nara agregó que no se preocuparan por la cena porque ellos se encargarían de cocinar. Después hizo una pregunta que llamó inmediatamente la atención de Vera y Lía:
"¿Se les antoja comer machaca?"
Para ellas dos, que habían nacido en la misma ciudad, la machaca representaba mucho más que un platillo. Era parte de su infancia y de la gastronomía tradicional de su tierra: carne de res seca y salada que se desmenuza finamente y se cocina con tomate, cebolla y chile, acompañada normalmente de tortillas de harina recién hechas.
La respuesta fue inmediata.
Por supuesto que sí.
Al día siguiente, ya reunidos en casa de Nara y Damián, comenzaron acomodando la nueva barra de madera construida por Lía.
Era una pieza sencilla, elaborada en pino natural, que encajaba perfectamente con el tamaño y la decoración del hogar. Verla instalada en su lugar provocó una sensación especial en todos. Ya formaba parte de la casa.
Después de admirar el trabajo terminado, se sentaron a conversar un rato y ponerse al corriente de todo lo que había sucedido durante la semana.
Cuando llegó el momento de iniciar la reunión, acordaron meditar primero y cenar después.
Pasaron a la sala y tomaron asiento sobre el ya conocido tapete azul que cubría parte del suelo. Aún era febrero y el clima seguía siendo fresco, por lo que aquel espacio resultaba especialmente acogedor.
Cerraron los ojos y comenzaron la meditación.
Conectaron con la intención de enviar amor y gratitud hacia la Madre Tierra, hicieron silencio, respiraron profundamente y se permitieron habitar el momento presente.
Al terminar, permanecieron unos minutos compartiendo aquello que habían sentido durante la práctica. Siempre resultaba reconfortante escuchar las experiencias de los demás.
Fue entonces cuando Vera, encargada del té aquella semana, preguntó:
—¿Qué les parece si cenamos primero y después tomamos el té?
Todos estuvieron de acuerdo.
Nara y Damián se dirigieron a la cocina y poco después comenzaron a servir la cena.
El platillo llegó a la mesa.
Lía y Vera intercambiaron una mirada.
Finalmente, Lía, que a veces pecaba de imprudente por decir exactamente lo que pensaba, comentó:
—Pensé que comeríamos machaca.
Damián respondió confundido:
—Sí, eso vamos a comer.
Ahora fueron Vera y Lía quienes se miraron nuevamente.
Nara no tardó en intervenir.
—Le he dicho a Damián que esa no es la machaca que conocemos nosotras. La nuestra es seca, salada y muy diferente.
Damián sonrió ligeramente avergonzado.
—Es que yo solo conozco esta desde niño.
—Y yo solo conozco la otra —respondió Lía riendo—. Para mí esto es carne deshebrada.
Y así comenzó uno de los debates más divertidos de la noche.
Mientras comían, compararon recetas, recuerdos y costumbres familiares.
Al final comprendieron que ambas versiones existían y que simplemente pertenecían a regiones y tradiciones distintas.
Lo más importante era que la comida estaba deliciosa.
Cuando terminaron de cenar, agradecieron a Nara y Damián por la comida y por permitirles conocer una versión diferente de la machaca.
Aquellas reuniones nunca buscaron imponer una forma de vivir ni seguir reglas estrictas. Eran simplemente un espacio para detenerse un momento, agradecer y compartir. Así como dedicaban unos minutos a meditar y conectar con la Madre Tierra, también procuraban valorar los alimentos que llegaban a su mesa, las tradiciones de las que provenían y el trabajo de todas las personas que, de una u otra forma, habían participado para que aquella cena existiera.
Quizá cada una tenía ideas distintas sobre muchos temas, pero coincidían en algo importante: vivir con más conciencia, más gratitud y más respeto por aquello que las rodeaba.
Entonces Nara, con su característico sentido del humor, declaró:
—Bueno... estuvo bueno el intento de machaca.
Y las carcajadas no tardaron en llenar la casa.
Después de recoger los platos, Vera preparó el té que había llevado para compartir aquella noche.
Sirvió las tazas mientras el aroma comenzaba a extenderse por la sala.
Entonces llegó la pregunta esperada de cada reunión.
—¿Qué estamos tomando esta vez?
Vera sonrió.
—Hoy les traje cardo mariano.
Y así comenzó la historia de una nueva planta por descubrir.