Después de una semana en la que las tres amigas habían reflexionado sobre la amistad, el paso del tiempo y esos vínculos que permanecen incluso cuando la vida cambia, parecía como si aquella conversación hubiera llegado justo en el momento indicado. Sin saberlo, Lía estaba a punto de necesitar precisamente eso que habían reconocido entre ellas: la presencia de las personas que pueden sostenernos sin intentar solucionar aquello que simplemente duele.
Eran mediados de abril y los días habían transcurrido con cierta incertidumbre para Lía. Desde hacía semanas había una preocupación que la acompañaba en silencio. A principios de marzo había viajado con parte de su familia hacia la ciudad donde había nacido para visitar a su prima Emma, quien había permanecido algunos días hospitalizada. La noticia de su internamiento los había sorprendido y habían decidido recorrer varias horas de carretera para verla y acompañarla.
Sin embargo, cuando finalmente llegaron a la ciudad, se encontraron con algo inesperado: Emma ya no estaba en el hospital. No porque los médicos la hubieran dado de alta, sino porque ella había decidido marcharse y regresar a su casa.
Lía recordaba perfectamente aquella tarde. Hacía calor y, después de tantas horas de camino, llegar nuevamente a aquella ciudad removía muchas cosas dentro de ella. Emma vivía frente a un campo de béisbol y, cuando se acercaron a su casa, la encontraron sentada afuera, debajo de la sombra de un árbol, sobre una silla que se mecía lentamente.
—¡Hola! —saludaron desde el automóvil.
Emma volteó sorprendida.
—¿Qué hacen aquí?
—Te venimos a ver porque supimos que te escapaste del hospital —respondió la hermana de Lía.
Todos sonrieron.
Aquella escena representaba perfectamente la personalidad de Emma. Cuando se le metía una idea en la cabeza, era difícil hacerla cambiar de opinión. Decía que permanecer en el hospital no le hacía sentir bien y que, si algún día llegaba su momento, lo último que quería era terminar en una cama de hospital.
Emma era muy querida por Lía y por toda su familia. Era ocurrente, bromista y poseía ese sentido del humor que podía aparecer incluso en los momentos menos esperados. Tenía siempre una historia que contar, algún comentario pícaro o una ocurrencia capaz de provocar una carcajada. Aunque era mayor que Lía, entre las dos existía una cercanía particular; se entendían fácilmente y habían compartido suficientes años y recuerdos como para que Lía la considerara una de las personas más importantes de su familia.
Meses atrás, Emma había recibido un diagnóstico poco favorable y Lía había sido una de las primeras personas en enterarse. Todavía recordaba aquella conversación telefónica. Después de escucharla, se quedó callada durante unos segundos, respiró y trató de mantener la calma.
—Todo va a estar bien. No te preocupes. Hoy existen muchas maneras de tratar una enfermedad —le dijo.
Emma respondió con un poco de temor:
—Igual te hablo ahorita que puedo... quién sabe si después ya no pueda hacerlo.
Lía no supo qué contestar de inmediato. Entonces recurrió a esa manera suya de disminuir la tensión cuando algo le dolía demasiado.
—¡Relájate, no seas dramática!
Las dos rieron.
Pero Lía sabía perfectamente que aquellas palabras también se las estaba diciendo a sí misma. Mientras sonreía con Emma, sentía profundamente ese hueco en el estómago que aparece cuando queremos tener certeza de algo que nadie puede asegurarnos.
Volver a casa
Emma continuaba viviendo en la ciudad donde ambas habían nacido. Lía, en cambio, había emigrado después de terminar sus estudios buscando oportunidades que no había encontrado allí. A pesar de los años, siempre llevaba consigo un profundo cariño por esa tierra. Volver era regresar a una parte de sí misma: a sus calles, a sus recuerdos, a su familia y a tantas historias que seguían viviendo ahí aunque ella se hubiera marchado.
Lía y Emma hablaban por teléfono con cierta frecuencia, aunque casi siempre era Emma quien tomaba la iniciativa. Lía vivía corriendo entre trabajo, pendientes, proyectos y obligaciones, y muchas veces se le escapaba esa parte tan importante de detenerse para preguntar cómo estaban los suyos. En ese momento todavía no lo sabía, pero con el tiempo esa falta de contacto con algunas personas de su familia terminaría provocándole cierto remordimiento.
Aquella tarde en casa de Emma intentaron no convertir la visita en una despedida. Platicaron, bromearon y recordaron anécdotas familiares. Y, tratándose de Emma, historias graciosas sobraban. Pasaron casi todo el día juntos, como si de alguna manera todos supieran que el tiempo era demasiado valioso para desperdiciarlo preocupándose únicamente por lo que pudiera pasar después.
En algún momento, Lía y Emma se quedaron solas.
Emma estaba tranquila.
—No tengo miedo a morir —dijo.
Lía la miró.
—Ya no tengo miedo a morir —repitió Emma, esta vez con mayor seguridad.
Fue entonces cuando Lía se permitió observarla realmente.
Emma había adelgazado muchísimo. Sus manos, sus piernas y su rostro dejaban ver el peso que había perdido. Llevaba unos lentes grandes para protegerse del sol porque la luz comenzaba a molestarle. Hablaba bajito y caminar ya requería el apoyo de una andadera.
Hasta ese momento, Lía había intentado mantener el optimismo y no mirar demasiado aquello que la atemorizaba. Pero sentada frente a Emma ya no podía ignorarlo.
Algo estaba sucediendo.
Y, sin embargo, había una contradicción difícil de explicar: mientras el cuerpo de Emma parecía cada vez más frágil, ella se veía tranquila.
—Nadie tenemos el control de eso —respondió Lía finalmente—. En cualquier momento cualquiera de los que estamos aquí podemos morir.
Emma la observó.
—Pero yo estoy enferma de algo que no tiene cura.
—Es igual —contestó Lía—. Todos los que estamos aquí podemos morir en cualquier momento, estemos o no enfermos. Nadie sabe realmente cuándo le tocará.
Emma asintió.
No necesitaban profundizar más.
Quizá ninguna de las dos tenía una respuesta.
Quizá aquella conversación tampoco necesitaba una.
Veintiún días
Cuando Lía y su familia regresaron a casa, una pregunta comenzó a perseguirla: ¿cómo podía ayudar a Emma?
Pensaba en ello constantemente, pero no encontraba nada que pudiera hacer desde tantos kilómetros de distancia. Hasta que una noche dejó de buscar una solución y simplemente respiró.
Lía era fiel creyente de que todo estaba formado por energía. Desde esa manera personal de entender la espiritualidad, sintió que había algo que sí podía ofrecerle a Emma: su intención, su oración y su presencia a la distancia.
Tomó el teléfono y la llamó.
—Emma, ¿me permites pedir por ti todos los días? Me gustaría enviarte energía desde la tranquilidad de mi casa.
—Claro —respondió Emma—. Me encantaría. Muchas gracias por todo.
Así comenzó un pequeño ritual.
Cada noche, Lía buscaba un lugar tranquilo, cerraba los ojos y colocaba el mismo mantra que durante aquellos días terminó convirtiéndose en el acompañamiento sonoro de ese momento especial. Mientras lo escuchaba, visualizaba a Emma sonriendo, tranquila y rodeada de una luz cálida. Desde su propia manera de vivir la espiritualidad, imaginaba que esa luz llevaba consigo amor, serenidad y toda la energía que deseaba hacerle llegar.
Se propuso repetir aquel ritual durante veintiún días.
🎵 El mantra que acompañó a Lía
Este fue el mantra que Lía utilizaba durante sus visualizaciones con Emma:
Escuchar el mantra en YouTube:
https://www.youtube.com/watch?v=aOeKjWAWe2o&list=RDaOeKjWAWe2o&index=1
Para Lía, aquella música terminó quedando unida para siempre al recuerdo de esos días. No era solamente el sonido que acompañaba su meditación; se convirtió en una especie de puente emocional entre ella y Emma durante aquellas noches de silencio, intención y acompañamiento.
No pretendía sustituir ningún tratamiento ni intervenir en las decisiones médicas. Era simplemente la manera que había encontrado para acompañar a alguien a quien amaba cuando físicamente no podía estar a su lado.
Pero alrededor de la segunda semana ocurrió algo inesperado dentro de ella.
Una noche, mientras repetía el mismo ritual, Lía dejó de visualizar a Emma recuperándose. Sin buscarlo, comenzó a verla de una manera diferente: feliz, serena, en una paz difícil de describir.
Y una certeza apareció dentro de ella.
Sintió que ya no la estaba acompañando para sanar de su enfermedad.
La estaba acompañando para despedirse.
La llamada que nadie quiere recibir
Los días continuaron pasando y Lía cumplió los veintiún días de su ritual. Emma permanecía en casa siguiendo su tratamiento y por algunos momentos parecía mejorar poco a poco. Eso mantenía viva la esperanza de todos.
Hasta que llegó una noticia que Lía no quería escuchar.
Emma había sido hospitalizada nuevamente.
Algo se había complicado.
Ella no quería volver.
Había dicho muchas veces que prefería permanecer en casa si llegaba su momento, pero ¿qué hace una familia cuando observa que alguien a quien ama se encuentra mal? La reacción inmediata es intentar salvarlo, hacer todo lo posible por conservarlo un poco más, buscar ayuda y esperar que todavía exista algo por hacer.
A primera hora del día siguiente, Lía vio a Vera y le contó lo ocurrido.
Vera la abrazó.
No había demasiadas palabras que pudieran aliviar lo que estaba sintiendo.
Después se sentó en el sillón.
—Voy a conectarme con ella —le dijo.
Vera tenía una forma muy particular de vivir su espiritualidad y decía tener facilidad para conectarse energéticamente con otras personas. Cerró los ojos y comenzó a entrar en un estado meditativo mientras Lía permanecía sentada a su lado, observándola en silencio.
Pasaron alrededor de veinte minutos.
Vera abrió lentamente los ojos, respiró y miró a Lía.
—Vierás qué bonito lo que vi...
Lía permaneció atenta.
—La vi llegar a un lugar donde no había nada alrededor. Solo había un círculo de mujeres. Cuando la vieron llegar, se pusieron muy contentas. La tomaron de la mano, la invitaron al círculo y comenzaron a bailar. Todas estaban felices. Emma también. Se sentía mucha paz en ese lugar... bailaron durante mucho tiempo. Ella estaba feliz y, sobre todo, estaba en paz.
Lía no discutió lo que Vera había visto ni trató de buscarle una explicación.
Simplemente lo recibió.
Era exactamente la imagen que necesitaba en ese momento.
Y dentro de ella volvió a aparecer aquella sensación que había experimentado durante su ritual: Emma estaba cerca de despedirse.
16 de abril
La madrugada del 16 de abril llegó un mensaje.
Emma acaba de irse.
Era su esposo.
Lía leyó aquellas palabras.
No lloró inmediatamente.
Tampoco se sorprendió.
Durante varias semanas había sentido que algo dentro de ella se estaba preparando para ese momento. De pronto comprendió de otra manera todas aquellas noches en las que había cerrado los ojos para acompañar a Emma.
Desde su manera de vivir la espiritualidad, sintió que las dos se habían estado acompañando mutuamente: una preparándose para trascender y la otra intentando aprender a continuar sin su presencia física.
Y ocurrió justamente aquello que Emma había dicho que no quería: murió en un cuarto de hospital, durante la madrugada del 16 de abril, después de las complicaciones que había presentado su enfermedad.
Lía y su familia volvieron a viajar hacia la ciudad que las había visto nacer.
Esta vez el camino era diferente.
No iban a visitar a Emma.
Iban a despedirse de ella.
La ceremonia fue profundamente emotiva. Emma era querida por muchísimas personas de la colonia donde había vivido. Durante años había cuidado niños para que muchas madres pudieran salir a trabajar tranquilas sabiendo que sus pequeños estaban en buenas manos. Aquellos niños ya no eran niños. Muchos eran ahora adultos y regresaban para acompañar a la mujer que alguna vez también había formado parte de sus vidas.
Mientras observaba a todas aquellas personas, Lía comprendió cuánto podía permanecer de alguien después de su partida.
Emma había dejado pedacitos de sí misma en muchas vidas.
Todo lo que el tiempo había separado
Durante aquellos días también surgió otra reflexión dolorosa.
Lía comenzó a darse cuenta de cuánto contacto había perdido con gran parte de su familia.
No había sucedido por una pelea.
No existía un gran conflicto que pudiera señalar.
Simplemente habían pasado los años.
La distancia.
El trabajo.
Las obligaciones.
Las diferentes vidas que cada uno había construido.
Todo había ido creando pequeños espacios hasta convertirse en una distancia mucho mayor de la que Lía había imaginado.
Y aquello le dolió.
Emma había sido, durante mucho tiempo, una de las razones que la hacían regresar con frecuencia a aquella ciudad.
Pero Emma ya no estaba.
Lía no sabía todavía cómo reconstruir esas conexiones familiares ni siquiera si todas podrían recuperarse. Lo único que sabía era que aquella pérdida le estaba mostrando algo que no quería volver a ignorar: las personas no estarán ahí para siempre y, mientras estén, quizá convenga hacerse un espacio para ellas.
Después de los días de despedida, todos regresaron a sus casas.
Regresaron diferentes.
Con el corazón adolorido y un duelo que apenas comenzaba.
Sabían que continuarían hablando de Emma, recordándola y riéndose de sus ocurrencias. Pero también sabían que aceptar su ausencia tomaría tiempo.
Un jueves diferente
Para el siguiente jueves, Lía ya había regresado a la ciudad.
La reunión sería en casa de Vera, quien también sería la encargada de preparar el té.
Cuando se encontraron, Lía parecía tranquila.
Por dentro era otra historia.
Sentía como si una parte de ella se hubiera desprendido. Sus amigas podían percibirlo y tuvieron la sensibilidad de no obligarla a hablar.
Le dieron el pésame.
La abrazaron.
Y la acompañaron.
Lía no acostumbraba llorar frente a sus amigas. Además, todo estaba demasiado reciente. Sabía que, si comenzaba a hablar profundamente de Emma, probablemente no podría contenerse, y en ese momento no quería hacerlo.
Prefirió hablar de cualquier otra cosa.
Vera y Nara entendieron.
No insistieron.
Aquello también era acompañar.
No siempre se acompaña haciendo preguntas. A veces se acompaña permitiendo que alguien hable de cualquier tontería durante dos horas porque todavía no puede hablar de aquello que le rompió el corazón.
Así que conversaron de cosas cotidianas.
La muerte de Emma apareció solamente durante los primeros minutos.
Después hablaron de otras cosas.
Rieron incluso.
Y nada de eso significaba que Lía hubiera olvidado lo ocurrido.
Simplemente necesitaba descansar un momento de su dolor.
La meditación
Llegó la hora de meditar.
Se acomodaron y poco a poco comenzaron a quedarse en silencio.
Lía nunca supo en qué se enfocaron Vera y Nara aquel día.
Ella solamente vio a Emma.
La visualizó sonriendo.
Bailando.
Haciendo bromas.
"Echando relajo", como acostumbraban decir.
No quería verla enferma.
No quería que la última imagen que guardara de ella fuera la de un cuerpo agotado.
Quería conservarla como había sido durante tantos años.
Alegre.
Ocurrente.
Viva.
En aquella meditación sintió nuevamente esa tranquilidad que había experimentado durante las semanas anteriores. Desde sus propias creencias, pensaba que el cuerpo de Emma había terminado su camino, pero que su esencia, su energía y todo aquello que había dejado en quienes la amaban continuaba presente.
Aquella idea la consolaba.
Lía, Vera y Nara compartían la creencia de que morir era pasar a otro plano y que algún día podrían reencontrarse con quienes habían partido. Pero incluso teniendo esa convicción, el dolor era profundamente humano.
Porque creer que alguien continúa de otra manera no elimina el vacío de no poder abrazarlo.
Lía sabía que ya no vería a Emma durante el verano.
Ni en Navidad.
Ni en las celebraciones familiares.
Ya no escucharía su voz al teléfono.
Ya no llegaría a su casa para encontrarla sentada debajo de aquel árbol.
A partir de ese 16 de abril, muchas cosas serían distintas.
Y eso era precisamente lo que dolía.
Una taza para abrazar el alma
Cuando terminó la meditación, Vera se levantó y fue hacia la cocina.
No preguntó qué té querían.
Ya sabía cuál prepararía.
Sacó cúrcuma, jengibre y canela, ingredientes que acostumbraba tener en casa. Mientras el agua comenzaba a calentarse, cortó un poco de jengibre, agregó la cúrcuma y dejó que una rama de canela comenzara a liberar lentamente su aroma.
Poco a poco la cocina se llenó de una fragancia cálida, especiada y profunda.
Era uno de esos tés que Vera acostumbraba preparar cuando necesitaba algo reconfortante.
Un té para abrazar el alma.
Y aquella noche hacía falta.
Sirvió las tres tazas.
Lía tomó la suya entre las manos y sintió el calor atravesar la cerámica.
No hablaron demasiado.
Tampoco hacía falta.
Bebieron lentamente.
Se acompañaron.
Y permitieron que aquella reunión fuera simplemente lo que tenía que ser.
Un refugio.
La muerte de una persona querida no borra el amor construido durante años. Lo transforma.
Lía sabía que Emma seguiría apareciendo en su vida de muchas maneras. Quizá en un colibrí que se detuviera frente a ella, en una mariposa que le recordara algún momento, en una canción que ambas cantaban o en cualquiera de las innumerables historias que todavía podían provocar una carcajada familiar.
Esas eran las formas en que Lía elegía sentirla cerca.
No pretendía evitar el duelo.
Sabía que vendrían días difíciles.
Días de nostalgia.
Fechas especiales.
Momentos inesperados en los que una canción podría hacerla llorar.
Pero también sabía que llegaría un momento en que recordar a Emma dolería un poco menos y haría sonreír un poco más.
Ese jueves las tres amigas estuvieron juntas como tantas otras veces.
Pero fue diferente.
Había una ausencia que solo Lía podía sentir completamente.
Y, al mismo tiempo, había dos presencias que hacían aquella ausencia un poco más llevadera.
Quizá eso era también la amistad.
No quitarle el dolor a alguien.
Porque hay dolores que nadie puede quitar.
Sino sentarse junto a esa persona mientras aprende a vivir con él.
Hasta el día de hoy, Lía y su familia recuerdan a Emma con alegría. Continúa apareciendo en las conversaciones, en las anécdotas, en las bromas y en tantas historias familiares que sería imposible borrarla aunque quisieran.
Ya no está físicamente.
Pero sigue formando parte de ellos.
Porque algunas personas mueren una sola vez.
Y después continúan viviendo de muchas otras maneras dentro de quienes las amaron.
🍵 El té de la noche
Té de cúrcuma, jengibre y canela
Escogido por Vera
Aquella noche, Vera eligió una mezcla cálida de cúrcuma, jengibre y canela. Los tres ingredientes tienen una larga historia de uso culinario y tradicional y, juntos, producen una infusión aromática, ligeramente especiada y reconfortante.
La cúrcuma (Curcuma longa) aporta el característico tono dorado y un sabor terroso; el jengibre (Zingiber officinale) añade un toque picante y fresco, mientras que la canela aporta dulzura y un aroma cálido.
En distintos sistemas tradicionales se han empleado estos ingredientes para diferentes propósitos, aunque es importante distinguir esos usos históricos de los beneficios médicos demostrados. Por ejemplo, el NCCIH señala que actualmente no existe evidencia suficiente para concluir que la cúrcuma sea efectiva para la mayoría de las condiciones para las que suele promocionarse; con el jengibre y la canela sucede algo similar: existen áreas de investigación prometedoras, pero no deben considerarse tratamientos por sí solos.
¿Cómo prepararlo?
Para tres tazas puedes utilizar:
- 750 ml de agua.
- 1 trozo pequeño de jengibre fresco, cortado en rodajas.
- 1 rama de canela.
- ½ a 1 cucharadita de cúrcuma en polvo o un pequeño trozo de cúrcuma fresca.
Coloca el agua, el jengibre y la canela en una olla y deja hervir suavemente entre 5 y 10 minutos. Agrega la cúrcuma, mezcla y deja reposar unos minutos más. Cuela antes de servir.
Puede disfrutarse solo o con un poco de miel, si así se desea.
No necesitamos atribuirle propiedades extraordinarias para disfrutarlo. A veces una bebida caliente, su aroma, el acto de prepararla lentamente y compartirla con personas queridas son suficientes para convertirla en un pequeño momento de bienestar.
🌱 Un momento para comprender
¿Cómo se vive el duelo por la pérdida de un ser querido?
El duelo no es una enfermedad ni un proceso que deba cumplirse siguiendo una lista exacta de etapas.
Es la respuesta humana ante una pérdida significativa y puede manifestarse de maneras muy diferentes. Algunas personas lloran mucho; otras permanecen aparentemente tranquilas. Puede haber tristeza, enojo, culpa, cansancio, alivio, nostalgia o incluso momentos de alegría en medio del dolor.
Y eso no significa que estemos olvidando a la persona que murió.
Una manera sencilla de entenderlo es a través del Modelo del Proceso Dual del Duelo, desarrollado por Margaret Stroebe y Henk Schut. Este modelo propone que las personas suelen moverse entre dos necesidades: por momentos enfrentamos directamente la pérdida —recordamos, lloramos, extrañamos— y en otros necesitamos ocuparnos de la vida cotidiana, distraernos, trabajar, reír o resolver asuntos prácticos. Esa oscilación entre acercarnos al dolor y tomar pequeños descansos de él puede formar parte de una adaptación saludable.
Esto ayuda a comprender algo que sucedió justamente con Lía durante aquella reunión: no querer hablar de Emma durante algunas horas no significaba que la amara menos ni que estuviera evitando para siempre su duelo. En ese momento necesitaba descansar un poco de algo que todavía dolía demasiado.
No existe un tiempo exacto para dejar de sentir tristeza. Mayo Clinic también señala que no hay soluciones rápidas para el duelo y recomienda permitir las emociones, cuidarse y apoyarse en otras personas. Si con el tiempo el dolor continúa siendo tan intenso que impide retomar la vida cotidiana, puede ser conveniente buscar apoyo profesional especializado en duelo.
Referencia
Stroebe, M. & Schut, H. (1999). The Dual Process Model of Coping with Bereavement: Rationale and Description. Death Studies, 23(3), 197–224. DOI: 10.1080/074811899201046.
🧘♀️ Meditación recomendada para esta taza
Meditación de recuerdo amoroso
Esta meditación puede colocarse después de la preparación del té como una práctica opcional.
Busca un lugar tranquilo y siéntate cómodamente. Respira varias veces sin intentar modificar lo que estás sintiendo.
Cuando te sientas preparado, recuerda a la persona que murió desde algún momento agradable de su vida. No necesariamente desde sus últimos días.
Puedes recordar su sonrisa, su voz, una conversación, una comida, una canción o una experiencia compartida.
Permanece unos minutos con ese recuerdo y repite mentalmente:
Gracias por haber formado parte de mi vida.
Honro lo que vivimos.
Me permito extrañarte.
Me permito seguir viviendo.
Si aparecen lágrimas, no es necesario detenerlas.
Y si no aparece ninguna emoción especial, tampoco hay nada incorrecto.
La intención no es provocar tristeza ni "cerrar" el duelo. Solo crear un espacio tranquilo donde el recuerdo pueda existir sin exigirnos una respuesta determinada.
Si la práctica genera angustia intensa, lo mejor es detenerla y buscar una forma de acompañamiento que resulte más segura y confortable.
🌿 Algunas formas de acompañarnos durante el duelo
Permítete sentir sin ponerle un calendario al dolor. Habrá días tranquilos y otros en los que una canción, una fotografía o una fecha especial harán que la ausencia vuelva a sentirse reciente.
No te obligues a hablar cuando todavía no puedes. A veces necesitamos contar una historia veinte veces y otras veces necesitamos hablar de cualquier cosa menos de nuestra pérdida. Ambas necesidades pueden coexistir.
Conserva los recuerdos que te hagan bien. Fotografías, cartas, recetas, canciones, objetos o anécdotas pueden convertirse en maneras de mantener vivo el vínculo sin negar la realidad de la ausencia.
Acepta los momentos de alegría. Reír no traiciona a quien murió. Seguir disfrutando de la vida tampoco significa olvidar.
Permite que otras personas te acompañen. A veces no necesitamos consejos. Necesitamos una llamada, una comida caliente, una caminata, un abrazo o alguien dispuesto a sentarse en silencio.
Cuida también tu cuerpo. Dormir, comer, caminar y mantener algunas rutinas puede resultar difícil durante el duelo, pero son formas sencillas de sostenernos mientras las emociones encuentran poco a poco un lugar.
Busca ayuda cuando la necesites. No existe obligación de atravesar una pérdida en soledad. Los grupos de apoyo y profesionales especializados en duelo pueden convertirse en una herramienta importante cuando el dolor resulta demasiado difícil de manejar.
✨ La intención de esta taza
Hoy honro a quienes ya no puedo abrazar físicamente. Agradezco el tiempo compartido, permito que el dolor tenga su espacio y me abro, poco a poco, a descubrir nuevas formas de mantener vivo el amor.
🌱 Reflexión final
Perder a alguien que amamos cambia nuestra vida porque también cambia la manera en que nos relacionamos con esa persona.
Ya no podemos llamarla.
Ya no podemos visitarla.
No podemos volver a escuchar una historia nueva de su voz.
Y quizá una de las partes más difíciles del duelo sea precisamente aceptar que habrá momentos futuros en los que esa persona ya no estará físicamente.
Pero el amor no funciona como una presencia que simplemente se enciende y se apaga.
Todo aquello que vivimos permanece.
Quedan las palabras.
Los gestos.
Las enseñanzas.
Las bromas.
Las fotografías.
Las canciones.
Y esos recuerdos pequeños que aparecen cuando menos los esperamos.
Tal vez atravesar un duelo no significa aprender a vivir como si esa persona nunca hubiera existido.
Quizá significa justamente lo contrario:
aprender a continuar llevando una parte de ella con nosotros.
Lía no necesitaba olvidar a Emma para seguir adelante.
Necesitaba encontrar una nueva manera de amarla.
Una donde ya no existiera su cuerpo frente a ella, pero sí todo aquello que Emma había dejado en su vida.
Y quizá con el tiempo sucede eso.
Un día pronunciamos el nombre de quien se fue y, antes de que llegue la lágrima, llega una sonrisa.
Entonces comprendemos que el dolor no desapareció por completo.
Simplemente el amor comenzó a ocupar más espacio que la ausencia.
“Hay personas que dejan de caminar a nuestro lado, pero nunca dejan de formar parte del camino.”
⚠️ Nota importante
La información compartida en este espacio tiene únicamente fines informativos, culturales y de experiencia personal alrededor del uso tradicional de las plantas e infusiones.
Té con Intención no busca sustituir recomendaciones médicas, diagnósticos ni tratamientos profesionales. Cada persona es responsable del consumo de cualquier planta o infusión mencionada dentro del blog y se recomienda informarse adecuadamente antes de utilizarla, especialmente si padece alguna enfermedad, está embarazada, en periodo de lactancia o consume medicamentos.
Esta taza está dedicada a Elia Cruz (Emma), cuya luz continúa acompañando a quienes la amamos.
Gracias por las risas, las conversaciones, los recuerdos compartidos y todo el amor que sembraste en quienes tuvimos la fortuna de conocerte.
Tu historia seguirá viviendo en cada una de las personas que tocaste con tu presencia.
Gracias por acompañarnos y por recordarnos que el amor encuentra nuevas formas de permanecer.
Lizeth Cruz
Autora de Té con Intención
🌿 Nos vemos en la cima, cualquiera que sea tu cima.


