La semana transcurrió con la tranquilidad de siempre.
Después del jueves de té anterior, Lía había intentado cumplir la pequeña promesa que se hizo a sí misma: detenerse de vez en cuando y regalarse unos minutos de descanso sin sentir culpa.
No era fácil.
Más de una vez descubrió a su mente queriendo volver a la lista interminable de pendientes.
Pero ahora, al menos, lograba reconocerlo.
Respiraba.
Sonreía.
Y seguía con su día.
A veces los grandes cambios comienzan así.
Con pequeñas pausas.
Con decisiones tan sencillas que casi pasan desapercibidas.
Aquella semana surgió un plan diferente.
No había meditación.
No había té.
Ni ninguna reunión especial.
Simplemente las tres amigas decidieron hacer algo que disfrutaban desde hacía muchos años.
Ir a "chacharear".
Así llamaban, entre risas, a recorrer los mercados sobre ruedas de la ciudad.
No iban buscando algo en específico.
Tal vez regresarían con algunas verduras frescas.
Quizá encontrarían una maceta.
Algún libro olvidado.
Una taza bonita.
O quizá no comprarían absolutamente nada.
Porque muchas veces el verdadero gusto estaba en caminar sin prisa, mirar los puestos y dejarse sorprender por lo que apareciera.
La mañana del sábado, el grupo de mensajes comenzó a llenarse de notificaciones.
Nara envió una fotografía.
En ella aparecía Mateo con una expresión seria, todavía despeinado y claramente poco convencido de que alguien lo estuviera arreglando.
Debajo escribió:
"Miren quién nos va a acompañar hoy."
Las respuestas no tardaron en aparecer.
—¡Qué emoción! —escribió Lía.
—¿Dónde nos vemos? —preguntó Vera.
Lía y Vera irían juntas, pues vivían relativamente cerca una de la otra y era más práctico utilizar un solo automóvil.
—Vamos un poquito retrasadas... pero ya vamos saliendo —avisó Lía.
Nara respondió casi de inmediato.
—No se preocupen... yo también sigo batallando.
Mateo había pasado la noche anterior en casa de Nara y Damián, así que aquella mañana le tocaba a ella prepararlo para la aventura.
Lo peinaba.
Intentaba convencerlo de cambiarse de ropa.
Le daba el desayuno.
Mientras Mateo parecía convencido de que cualquier playera servía para salir.
—No entiendo cómo un niño puede tardar tanto en cambiarse cuando ni siquiera le importa cómo va vestido —escribió Nara entre risas.
Vera respondió enseguida.
—Déjalo... esa caminata le va a servir. Poco a poco se va acostumbrando.
Ella era la más aficionada a las caminatas largas y al senderismo. Siempre encontraba cualquier pretexto para recorrer un nuevo camino.
Andrea, la mamá de Mateo, conocía perfectamente a su hijo.
Antes de despedirse había dejado la carriola lista dentro del automóvil.
—Por si acaso...
Sabía que un niño de casi cuatro años podía empezar el día dispuesto a recorrer el mundo entero...
...y dos horas después pedir que alguien lo cargara porque sus piernas ya no querían caminar un paso más.
Mientras Lía y Vera avanzaban entre el tráfico rumbo al mercado, Nara hizo una breve parada.
Mateo tenía una videollamada con Andrea.
Las dos amigas esperaron unos minutos antes de seguir escribiendo.
Al otro lado de la pantalla se escuchaba la voz de cualquier mamá antes de salir de casa.
—No te sueltes de la mano.
—No corras.
—Hazle caso a tu tía.
—Si quieres algo, me dices.
—No te alejes.
—Saluda.
—Y no olvides dar las gracias.
Mateo escuchaba con la paciencia que solo tienen algunos niños cuando saben que mamá terminará hablando tarde o temprano.
Al despedirse levantó la mano hacia la pantalla.
—¡Adiós, mami!
Y regreso el teléfono a nara quien se disponía a seguir manejando.
Un rato después, las tres lograron encontrarse en el estacionamiento del mercado.
Mateo caminaba de la mano de Nara.
Al principio tenía esa expresión seria con la que observaba todo lo nuevo.
Pero en cuanto vio acercarse a Lía y a Vera, su cara cambió por completo.
Sus ojos se iluminaron.
Sonrió de oreja a oreja.
Y levantando la mano exclamó con toda la emoción que cabía en un niño de casi cuatro años:
—¡¡Las nenis!!
Las tres soltaron una carcajada.
Así llamaba Mateo a las amigas de Nara, porque era la palabra que tantas veces le había escuchado decir a su tía.
Ya era parte de su pequeño vocabulario.
Lía se agachó para abrazarlo.
—¿Listo para la aventura?
Mateo respondió con un movimiento enérgico de cabeza.
No hacía falta decir más.
La aventura acababa de comenzar.
Entrar al sobre ruedas era como entrar a un pequeño mundo que aparecía solamente los fines de semana.
Las calles, que normalmente estaban tranquilas, se transformaban por completo. Los puestos se alineaban uno tras otro hasta perderse de vista, formando largos pasillos llenos de colores, aromas y voces que se mezclaban en un solo ambiente.
El olor de las frutas maduras se confundía con el de las verduras recién cortadas. Más adelante llegaba el aroma de las tortillas recién hechas y, unos pasos después, el de los antojitos que comenzaban a cocinarse para quienes ya tenían hambre.
Los comerciantes saludaban a todo el que pasaba.
—¡Pásele, güerita!
—¡Lleve la fresa, bien dulce!
—¡Tres por veinte!
Niños corriendo.
Personas buscando alguna oferta.
Perros caminando entre la gente con la esperanza de encontrar algún bocado que hubiera caído al suelo.
Todo parecía caótico...
Y, al mismo tiempo, perfectamente ordenado.
A las tres amigas siempre les había gustado ese ambiente.
No tenían prisa.
Se detenían en los puestos que llamaban su atención, preguntaban precios, tomaban algún objeto entre las manos y seguían caminando.
No era necesario comprar algo para disfrutar el recorrido.
A veces el verdadero regalo era simplemente caminar juntas.
Mateo iba completamente atento a todo.
De pronto se detenía frente a un puesto de juguetes.
Después quería mirar unas macetas de colores.
Más adelante preguntaba qué era una herramienta que nunca había visto.
Todo era nuevo para él.
Todo despertaba una pregunta.
Todo merecía unos segundos de atención.
—¿Y eso qué es? —preguntaba señalando cualquier objeto.
Nara sonreía.
—Es una regadera para las plantas.
Cinco pasos después...
—¿Y eso?
—Una licuadora.
Tres puestos más adelante...
—¿Y eso?
Las tres se miraban entre risas.
La curiosidad de Mateo parecía no tener fin.
Y ninguna tenía prisa por responderle.
Porque sabían que esa era precisamente la manera en que los niños conocen el mundo.
En un puesto de juguetes, Mateo encontró un pequeño carrito rojo.
Lo tomó entre sus manos.
Lo observó por todos lados.
Lo hizo rodar sobre la mesa.
Después volvió a colocarlo exactamente donde estaba.
Y siguió caminando.
A Lía le llamó mucho la atención.
—Pensé que te lo ibas a querer llevar.
Mateo respondió con toda naturalidad.
—Ya lo vi.
Las tres sonrieron.
Los niños tienen esa maravillosa capacidad de disfrutar un momento sin necesidad de poseerlo.
Las horas transcurrieron casi sin darse cuenta.
Compraron algunas verduras, un par de frutas y una que otra cosa que ninguna tenía pensado comprar al salir de casa.
Como casi siempre ocurre.
Cuando el sol comenzó a sentirse un poco más fuerte, decidieron que era momento de regresar.
Emprendieron el camino hacia el estacionamiento.
Todavía platicaban sobre algunas plantas que habían visto cuando llegaron a una de las calles que debían cruzar.
Lía tomó la mano de Mateo.
Miró hacia ambos lados.
Y, exagerando un poco la voz para hacerlo divertido, dijo:
—¡Corre!
—¡Peligro!
—¡Viene un carro!
—¡Rápido!
Los dos comenzaron a caminar apresuradamente mientras reían.
El automóvil todavía estaba bastante lejos, pero para Mateo aquello parecía formar parte de un gran juego.
Cruzaron la calle entre risas.
Al llegar a la banqueta, Lía soltó lentamente su mano.
Para ella había sido solamente un instante.
Para Mateo...
Aquel momento acababa de convertirse en un aprendizaje.
Continuaron caminando hacia el lugar donde habían dejado los automóviles.
Había llovido la noche anterior y, aunque el cielo lucía completamente despejado, todavía quedaban algunos charcos escondidos entre la tierra del estacionamiento.
Mateo caminaba unos pasos adelante.
De pronto Lía observó un gran charco lodoso justo en el camino por donde él iba.
Instintivamente levantó la voz.
—¡Mateo!
—¡Cuidado!
Todo ocurrió en cuestión de segundos.
Mateo ya había visto el charco.
Sin que nadie se lo dijera, había calculado perfectamente cómo esquivarlo.
Con un pequeño salto pasó al otro lado.
Pero Lía...
En su intento por alcanzarlo antes de que llegara al agua...
Fue directamente hacia el lodo.
¡Plaf!
Su pie derecho se hundió casi por completo.
Durante un segundo nadie dijo absolutamente nada.
Después...
Las carcajadas aparecieron al mismo tiempo.
Vera se dobló de la risa.
Nara apenas podía hablar.
Lía levantó el pie intentando sacudir el zapato mientras también reía de sí misma.
Y Mateo...
Mateo abrió los ojos enormemente.
Miró el zapato lleno de lodo.
Miró a Lía.
Miró a las demás.
Como si intentara decidir qué debía hacer.
Finalmente eligió la mejor opción.
Se echó a reír con ellas.
Aquella risa era tan contagiosa que ninguna podía dejar de reír.
El accidente había durado apenas unos segundos.
Pero terminó convirtiéndose en el momento más divertido de toda la mañana.
Las tres continuaron caminando entre bromas.
Lía decía que ahora tendría que lavar los tenis.
Vera aseguraba que aquello merecía una fotografía.
Nara no dejaba de decir que, después de todo, la única que había necesitado un "¡cuidado!" había sido Lía.
Y Mateo seguía riéndose cada vez que miraba el zapato embarrado de lodo.
Para las tres adultas había sido un pequeño accidente sin importancia.
Uno de esos momentos que seguramente olvidarían en unos cuantos días.
Pero para Mateo...
Había sido uno de los momentos más emocionantes de toda la aventura.
Porque los niños no suelen recordar los paseos por lo perfectos que fueron.
Recuerdan aquello que les hizo sentir sorpresa, alegría, emoción o una gran risa.
Y ninguna de ellas imaginaba que ese pequeño incidente volvería a aparecer unos días después...
Justo durante el siguiente jueves de té.
Aquella tarde, al regresar a casa, Mateo bajó del automóvil con la emoción de quien acaba de vivir una gran aventura.
Entró corriendo por la puerta buscando a Damián.
Todavía llevaba en la cabeza cada momento del paseo.
No porque hubiera comprado un juguete.
Ni porque hubiera caminado durante horas.
Sino porque, para él, aquel había sido un día lleno de descubrimientos.
—¡Damián! —gritó apenas lo vio.
Damián sonrió al verlo llegar tan emocionado.
—¿Cómo te fue?
Mateo comenzó a hablar tan rápido que apenas podía ordenar las ideas.
Como ocurre con muchos niños cuando quieren contarlo todo al mismo tiempo.
—¡Fui con las nenis!
Nara sonrió desde la cocina.
Sabía perfectamente de quién hablaba.
Para Mateo, "las nenis" ya no era solamente una palabra. Era la forma cariñosa de referirse a Lía y Vera porque así había escuchado a Nara llamarlas tantas veces.
—¿Y qué hicieron? —preguntó Damián.
Mateo abrió mucho los ojos.
Movía las manos mientras hablaba.
—¡La calle!
Hizo una pausa.
—¡Peligro!
Después levantó un dedo, como si estuviera recordando algo muy importante.
—Hay carros...
Nara y Damián intercambiaron una mirada.
Sonrieron.
Aquella había sido la palabra que más se había quedado grabada en su memoria.
Pero todavía faltaba la mejor parte.
Mateo soltó una pequeña carcajada antes de continuar.
—Y... neni Lía me dijo...
Imitó la voz de Lía lo mejor que pudo.
—¡Cuidado!
Hizo otra pausa.
Y comenzó a reírse otra vez.
—¡Y ella fue la que metió el pie en el lodo!
Terminó tapándose la boca con las manos mientras se reía con todas sus fuerzas.
Nara no pudo evitar acompañarlo.
La escena había sido divertida.
Pero algo llamó profundamente su atención.
Mateo no habló de las verduras.
No habló de los puestos.
No habló de las compras.
Ni siquiera mencionó cuánto habían caminado.
Recordó exactamente aquello que le había provocado emoción.
Y eso hizo que Nara se quedara pensando durante un buen rato.
Pasaron algunos días.
Y, como cada jueves, llegó nuevamente la esperada reunión de té.
Nara fue la primera en romper el silencio apenas entró a la casa.
Todavía no dejaba su bolso cuando dijo entre risas:
—¡Les tengo que contar lo que hizo Mateo cuando llegamos a la casa!
Lía y Vera levantaron la mirada inmediatamente.
—¿Ahora qué hizo? —preguntó Lía sonriendo.
Nara comenzó a contarles toda la conversación con Damián.
Imitó la voz de Mateo.
Sus gestos.
La forma en que abría los ojos cuando decía:
—¡Peligro!
Y la manera en que se reía al recordar el pie de Lía hundido en el lodo.
Las tres terminaron riéndose exactamente igual que aquel día en el estacionamiento.
Pero, cuando las carcajadas terminaron, Vera hizo una observación que cambió por completo el sentido de aquella anécdota.
Guardó unos segundos de silencio.
Después preguntó:
—¿Se dieron cuenta de todo lo que observan los niños?
Las dos dejaron de sonreír.
—Ellos están aprendiendo todo el tiempo.
No solamente escuchan lo que les enseñamos.
También aprenden viendo cómo vivimos.
La sala quedó en silencio.
No era un silencio incómodo.
Era ese silencio que aparece cuando una frase encuentra un lugar dentro de nosotros.
Lía fue la primera en hablar.
—Es impresionante...
Nosotras cruzamos la calle sin darle demasiada importancia.
Y él convirtió ese momento en un aprendizaje.
Hizo una pequeña pausa.
Después añadió:
—Entonces...
¿Cuántas cosas aprenderán de nosotros todos los días sin que siquiera nos demos cuenta?
Nara bajó lentamente la mirada.
—Qué responsabilidad tan grande tenemos los adultos...
Pensamos que solamente nos acompañan.
Que solo vienen caminando a nuestro lado.
Y, sin saberlo, les estamos enseñando cómo mirar el mundo.
Lía asintió.
—Los niños observan mucho más de lo que escuchan.
Así aprendimos nosotras también.
Viendo a nuestros padres.
A nuestros abuelos.
A los adultos que estuvieron cerca de nosotros.
Ahora somos nosotras quienes estamos siendo observadas por otros niños.
Vera sonrió con dulzura.
—Y eso también es una oportunidad muy bonita.
Porque no necesitan ver adultos perfectos.
Necesitan ver adultos que sepan pedir perdón cuando se equivocan...
Que sepan reírse de sí mismos...
Que traten con respeto a los demás...
Y que encuentren alegría incluso cuando un pie termina lleno de lodo.
Las tres rieron otra vez.
Esta vez con una risa más tranquila.
De esas que llegan cuando una conversación deja una enseñanza que ninguna esperaba encontrar.
La conversación quedó suspendida unos instantes.
No porque ya no hubiera nada más que decir.
Sino porque cada una había comenzado a recordar momentos de su propia infancia.
Aquellas pequeñas escenas que parecían olvidadas y que, sin saber cómo, seguían influyendo en la manera en que vivían.
Vera fue quien rompió el silencio con la serenidad que la caracterizaba.
—¿Meditamos un momento?
Las tres asintieron.
Era curioso cómo, después de una conversación profunda, la meditación llegaba de forma natural, como si el cuerpo necesitara unos minutos para acomodar todo aquello que el corazón acababa de comprender.
Apagaron un poco la luz de la sala.
El aroma del incienso comenzó a mezclarse con el aire fresco que entraba por la ventana.
Cada una buscó una posición cómoda.
Cerraron los ojos.
Respiraron profundamente.
Una vez.
Dos.
Tres.
No había nada que resolver.
Nada que analizar.
Solo observar la respiración.
Por unos minutos dejaron de ser mujeres ocupadas, llenas de pendientes y responsabilidades.
Simplemente estuvieron presentes.
Tal como Mateo había estado presente aquella mañana, maravillándose con un carrito de juguete, con un perro que pasaba entre la gente o con un simple charco de lodo.
Al abrir nuevamente los ojos, las tres sonrieron.
Ninguna dijo una palabra.
No hacía falta.
Nara fue la primera en levantarse.
—Ahora sí... creo que ya es momento del té.
Se dirigió a la cocina y tomó una pequeña bolsita que traía que contenían los tes que prepararia.
Sacó una bolsita de té verde y la sostuvo unos segundos entre sus manos.
—Hoy escogí té verde.
Lía sonrió.
—Sabía que ibas a elegir ese.
Mientras el agua comenzaba a calentarse, Vera acercó la nariz para oler el té.
—Tiene un aroma muy limpio... muy fresco.
—Siempre me ha gustado —respondió Nara—. Me recuerda que todo puede comenzar de nuevo.
Esperaron pacientemente a que el agua alcanzara la temperatura adecuada.
Nara colocó el té en cada taza.
Vertió lentamente el agua caliente.
Pocos segundos después comenzó a elevarse un delicado vapor con ese característico aroma vegetal del té verde.
Sirvió una taza para cada una.
Como era costumbre, antes de probarlo permanecieron unos segundos sosteniendo la taza entre las manos.
Disfrutando primero el calor.
Después el aroma.
Y finalmente el silencio
.
Fue Vera quien dio el primer sorbo.
Cerró los ojos un instante.
—Qué sabor tan particular...
Tiene algo que despierta los sentidos sin ser intenso.
Lía también lo probó.
—Es suave...
Pero al mismo tiempo tiene mucha personalidad.
Nara sonrió satisfecha.
—Creo que hoy no podía haber otro té.
Las tres continuaron disfrutando la bebida en silencio durante unos minutos.
A veces el té también sabía a reflexión.
Después de un rato, Lía dejó la taza sobre la mesa y sonrió para sí misma.
—Qué curioso...
Las otras dos levantaron la mirada.
—Yo venía preocupada porque había metido el pie en el lodo...
Pensé que ese sería el momento más vergonzoso del paseo.
Las tres rieron.
—Y resulta que terminé regalándole a Mateo uno de los recuerdos más bonitos del día.
Nara asintió.
—Es cierto.
Si alguien me hubiera preguntado qué iba a recordar, jamás habría imaginado que sería precisamente eso.
Vera acarició su taza con ambas manos antes de responder.
—Quizá por eso los niños disfrutan tanto la vida.
No buscan que todo salga perfecto.
Simplemente viven cada momento con curiosidad.
Sin darse cuenta, convierten los pequeños accidentes en grandes aventuras.
Volvió a hacerse un breve silencio.
Uno de esos silencios que no incomodan.
De esos que permiten que las palabras encuentren un lugar dentro del corazón.
Entonces Vera concluyó con una sonrisa.
—Quizá educar no consiste solamente en decirles cómo vivir.
También consiste en cuidar la forma en que nosotros vivimos frente a ellos.
Las tres levantaron sus tazas.
No fue un brindis.
Fue una forma silenciosa de agradecer.
Agradecer por las conversaciones.
Por las enseñanzas inesperadas.
Y por aquellos pequeños maestros que, sin proponérselo, llegan a nuestra vida para recordarnos que el mundo todavía puede mirarse con ojos de asombro.
Aquella noche el té verde tuvo un sabor diferente.
Sabía a infancia.
A curiosidad.
A presencia.
Y, sobre todo, a la maravillosa capacidad que tienen los niños de encontrar magia en los detalles más simples.
Porque, al final, quizá nunca dejamos de enseñar.
Pero tampoco dejamos de aprender.
Y muchas veces son los más pequeños quienes, con una sonrisa, una pregunta o un recuerdo inesperado, nos muestran el camino de regreso a lo verdaderamente importante.
🍵 El té de la noche
Té Verde
Escogido por Nara
Para esta reunión, Nara eligió un té verde.
Después de una conversación en la que reflexionaron sobre la forma en que los niños observan el mundo y aprenden de quienes los rodean, el té verde pareció el acompañante perfecto. Su color simboliza el crecimiento, la renovación y los nuevos comienzos, recordándonos que cada día también es una oportunidad para aprender algo nuevo.
El té verde proviene de la planta Camellia sinensis y se caracteriza porque sus hojas conservan gran parte de sus compuestos naturales al pasar por un proceso mínimo de oxidación.
Durante siglos ha formado parte de la cultura de países como China y Japón, donde no solo se aprecia por su sabor, sino también por el momento de calma y contemplación que acompaña a su preparación.
Beneficios tradicionales del té verde
Tradicionalmente se le atribuyen los siguientes beneficios:
- Es una fuente natural de antioxidantes, especialmente catequinas.
- Puede contribuir al bienestar cardiovascular cuando forma parte de un estilo de vida saludable.
- Contiene una cantidad moderada de cafeína que favorece el estado de alerta sin ser tan intensa como la del café.
- Se ha estudiado por su posible efecto sobre el metabolismo energético.
- Es una bebida ligera y refrescante que muchas personas disfrutan como parte de sus momentos de pausa.
¿Cómo preparar un buen té verde?
Ingredientes
- 1 cucharadita de té verde (o una bolsita).
- 250 ml de agua.
Preparación
- Calienta el agua hasta aproximadamente 75-80 °C. Es importante que no hierva completamente, ya que el exceso de temperatura puede hacer que el té adquiera un sabor amargo.
- Agrega las hojas de té.
- Deja infusionar entre 2 y 3 minutos.
- Cuela y disfruta.
🌱 Un momento para reflexionar
¿Cómo aprenden realmente los niños?
Muchas veces pensamos que los niños aprenden únicamente cuando les damos instrucciones o les explicamos cómo deben comportarse.
Sin embargo, la ciencia ha demostrado que gran parte del aprendizaje ocurre simplemente observando a los adultos.
El psicólogo canadiense Albert Bandura, uno de los investigadores más importantes en psicología del aprendizaje, desarrolló la Teoría del Aprendizaje Social. En uno de sus estudios más conocidos, llamado Experimento del muñeco Bobo (1961), observó que los niños imitaban con gran facilidad los comportamientos que habían visto realizar a los adultos, incluso cuando nadie se los había enseñado directamente.
Esto significa que los niños no solo escuchan nuestras palabras.
También observan:
- cómo tratamos a otras personas;
- cómo reaccionamos cuando cometemos un error;
- cómo resolvemos un conflicto;
- cómo hablamos de nosotros mismos;
- cómo demostramos cariño;
- cómo enfrentamos los momentos difíciles.
Cada pequeño gesto se convierte, sin darnos cuenta, en una forma de enseñar.
Referencia
Bandura, A., Ross, D. & Ross, S. A. (1961). Transmission of aggression through imitation of aggressive models. Journal of Abnormal and Social Psychology, 63(3), 575–582.
🌿 Pequeñas acciones que también educan
No hace falta dar grandes discursos para enseñar.
A veces los aprendizajes más importantes nacen de acciones muy sencillas.
Puedes comenzar con pequeños gestos como:
🌱 Pedir perdón cuando te equivocas.
🌱 Dar las gracias con sinceridad.
🌱 Hablar con respeto incluso cuando estás molesto.
🌱 Reírte de tus propios errores en lugar de castigarte por ellos.
🌱 Mostrar curiosidad por aprender cosas nuevas.
🌱 Disfrutar el momento presente sin sentir la necesidad de que todo sea perfecto.
Los niños aprenden observando cómo vivimos mucho más de lo que aprenden escuchando lo que decimos.
🌿 La intención de esta taza
Hoy elijo recordar que siempre hay alguien aprendiendo de mi ejemplo. Que mis acciones hablen con la misma coherencia con la que deseo educar.
🌱 Reflexión final
A veces creemos que educar consiste en encontrar las palabras correctas.
Pero quizá los niños no recuerden exactamente lo que les dijimos.
Recordarán cómo los hicimos sentir.
Recordarán si nos vieron sonreír después de equivocarnos.
Si tratamos con amabilidad a un desconocido.
Si supimos detenernos para contemplar una mariposa.
O si fuimos capaces de reír cuando un pie terminó dentro de un charco de lodo.
Tal vez ahí esté la verdadera enseñanza.
En vivir de una manera tan auténtica que nuestras acciones hablen incluso cuando guardamos silencio.
💚 Frase de esta taza
"Los niños aprenden menos de nuestras palabras y mucho más de la forma en que elegimos vivir cada día."
⚠️ Nota importante
La información compartida en este espacio tiene únicamente fines informativos, culturales y de experiencia personal alrededor del uso tradicional de las plantas e infusiones.
Té con Intención no busca sustituir recomendaciones médicas, diagnósticos ni tratamientos profesionales. Cada persona es responsable del consumo de cualquier planta o infusión mencionada dentro del blog y se recomienda informarse adecuadamente antes de utilizarla, especialmente si padece alguna enfermedad, está embarazada, en periodo de lactancia o consume medicamentos.
Lizeth Cruz
Autora de Té con Intención
🌿 Nos vemos en la cima, cualquiera que sea tu cima.