📅 Fecha de la reunión: 23 de febrero de 2023
🌿 Planta de la noche: Té blanco
🧘 Meditación: Madre Tierra
👥 Participantes: Lía, Vera y Nara
Febrero estaba llegando a su fin, pero la lluvia parecía no tener ninguna intención de despedirse.
Desde hacía varios días el cielo amanecía cubierto por nubes grises y, aunque ya todos se habían acostumbrado a escuchar el golpeteo del agua sobre los techos, aquella noche había sido diferente.
El viento sopló con tanta fuerza que hacía vibrar las ventanas. De vez en cuando, el sonido del granizo rompía el silencio de la madrugada, golpeando los tejados con una intensidad que obligaba a levantar la mirada hacia el techo, como si uno quisiera asegurarse de que todo seguía en su lugar.
A la mañana siguiente, mientras preparaba su desayuno, Lia tomó el teléfono y escribió en el grupo que compartía con Vera y Nara.
—Hola... ¿cómo les fue con la lluvia, el viento y todo eso?
No esperó mucho para seguir escribiendo.
—Acá estuvo fatal. Casi no dormí. Me desperté varias veces porque sentía que las ventanas se iban a quebrar.
Era muy propio de Lia contar las cosas con un poquito más de intensidad de la necesaria. Sus amigas la conocían bien y, cuando eso ocurría, solían bromear diciéndole que siempre le ponía más crema a los tacos para que la historia resultara más entretenida.
Pero aquella mañana ella hablaba completamente en serio.
De verdad había pasado una mala noche.
Poco después apareció el mensaje de Nara.
—Es que granizó.
—Me levanté varias veces al baño y se escuchaba muy fuerte.
Lia sonrió al leerla.
—¡Con razón hacía tanto ruido!
Hizo una pausa antes de volver a escribir.
—Yo pensé que era solamente el viento. Sentía que pegaba directo en las ventanas. Fue horrible.
Nara respondió con mucha tranquilidad.
—Sí... por momentos llovía muy fuerte y luego se calmaba. Estuvo raro.
Nunca discutía con Lia.
Ni trataba de convencerla de que exageraba.
Simplemente compartía cómo ella había vivido la misma noche.
Y, curiosamente, eso siempre bastaba.
A Lia nunca le habían gustado demasiado los días lluviosos.
No sabía explicar el motivo.
Tal vez era el cielo gris.
Tal vez el frío.
O quizá esa sensación de que el tiempo caminaba más despacio.
Siempre decía que en invierno los dedos de las manos y de los pies parecían no querer entrar nunca en calor.
Mientras seguían conversando apareció Vera.
Como de costumbre, llegó cuando la plática ya iba por la mitad.
—¡Cuántas novedades... y yo dormida! —escribió acompañando el mensaje con un emoji riendo—. Tuve sueños muy raros. Sí hizo viento por acá, pero granizo no escuché.
Lia soltó una pequeña risa.
"O no granizó... o Vera tiene el sueño más profundo del mundo", pensó.
No respondió.
Simplemente siguió leyendo.
Unos minutos después, cuando la conversación ya estaba cambiando de tema, apareció una fotografía enviada por Nara.
Era un arcoíris.
Nítido.
Luminoso.
Tan perfecto que parecía haber salido de un cuadro.
Había aparecido apenas unas horas después de aquella noche de lluvia, viento y granizo.
Las tres coincidieron.
—¡Qué hermoso!
Lia abrió la imagen una vez más.
Se quedó observándola unos segundos.
No supo por qué.
Había algo en ese arcoíris que le transmitía una calma difícil de explicar.
Sonrió apenas.
Después bloqueó el teléfono y la conversación continuó como cualquier otra.
Hablaron del Miércoles de Ceniza.
Recordaron que hacía ya algunos años ninguna de las tres asistía a recibir la cruz de ceniza.
No porque estuvieran en desacuerdo.
Simplemente cada una había encontrado una manera distinta de vivir su espiritualidad y respetaban profundamente a quienes elegían hacerlo de otra forma.
Un rato después, Nara preguntó:
—Entonces... ¿mañana dónde nos vemos?
—En mi casa —respondió Lia casi de inmediato—. Aquí las espero.
Luego añadió:
—¿Les gustan los champiñones? Estoy pensando hacer unas quesadillas.
—¡Sí! —contestó Vera enseguida.
—Perfecto —respondió Nara.
Y así, sin darse cuenta, comenzaron a hablar de recetas, del clima, de unas plantas que necesitaban más sol y de cualquier otro tema que se cruzara en la conversación.
Nunca hacían planes demasiado estrictos para los jueves.
Simplemente dejaban que el día les mostrara el camino.
Quizá por eso cada reunión terminaba siendo distinta.
Y quizá por eso ninguna imaginaba que la enseñanza de aquella semana ya había comenzado... desde la noche de la tormenta.
Al día siguiente la lluvia había dado una tregua.
El cielo seguía cubierto por algunas nubes, pero ya no había viento. El aire conservaba ese olor tan particular que deja la tierra después de mojarse durante varios días. Lia abrió un momento la ventana de la cocina y respiró profundo.
—Hoy sí se siente diferente —pensó.
No supo explicar por qué.
Quizá era porque el silencio siempre sonaba distinto después de una tormenta.
Como habían acordado la tarde anterior, preparó unas quesadillas de champiñones mientras esperaba a sus amigas. El sartén comenzaba a desprender un aroma que llenó la cocina y, casi al mismo tiempo, sonó el timbre.
Era Vera.
Entró frotándose las manos.
—¡Qué frío hace todavía! —dijo mientras se quitaba el suéter.
—Pasa, ya casi están las quesadillas.
Unos minutos después llegó Nara.
Traía una pequeña bolsa de tela entre las manos.
Lia no preguntó qué llevaba.
Ya conocía ese ritual.
Cada jueves, una de ellas elegía el té que acompañaría la reunión. Nunca lo anunciaban desde el principio. Era como guardar un pequeño secreto hasta el momento indicado.
Las tres se sentaron alrededor de la mesa.
Mientras comían, la conversación fue saltando de un tema a otro con esa facilidad que solo existe entre las amistades que ya no necesitan impresionar a nadie.
Hablaron de unas plantas que parecían no decidirse a florecer.
De una receta nueva.
De una película que Vera había visto días antes.
De una vecina que había rescatado un gatito.
Y también rieron.
Mucho.
Lia las observaba mientras hablaban.
Había algo que seguía dándole vueltas en la cabeza.
Le sorprendía que ninguna mencionara la tormenta de la noche anterior.
Ella todavía recordaba el sonido del viento golpeando las ventanas.
Podía sentirlo.
En cambio, para Vera y para Nara parecía haber sido simplemente una noche más.
Estuvo a punto de sacar nuevamente el tema.
Pero no lo hizo.
La conversación siguió su propio curso.
Como el agua de un río.
Sin necesidad de dirigirla.
Cuando terminaron de comer, recogieron los platos entre las tres.
Era otra costumbre que nunca habían hablado.
Simplemente ocurría.
Mientras una llevaba las tazas a la cocina, otra acomodaba los cojines de la sala y la tercera abría un poco la persiana para dejar entrar la luz suave de aquella tarde.
Después llegó el momento que más disfrutaban.
La meditación.
Cada una ocupó su lugar de siempre.
No porque estuviera asignado.
Simplemente con el tiempo habían descubierto que, sin darse cuenta, siempre terminaban sentándose en el mismo sitio.
Lia cerró los ojos.
Escuchó su respiración.
El silencio comenzó a llenar la sala.
Durante los primeros minutos su mente seguía moviéndose de un pensamiento a otro.
Recordó el viento.
La lluvia.
Las ventanas.
El ruido del granizo.
Pero poco a poco esos pensamientos empezaron a alejarse.
Como hojas que el río arrastra sin esfuerzo.
La respiración se hizo más lenta.
Su cuerpo comenzó a relajarse.
Entonces ocurrió.
Por un instante, muy breve, apareció un arcoíris.
No estaba frente a ella.
No estaba en el cielo.
Simplemente surgió dentro de ese espacio silencioso que a veces aparece cuando la mente deja de hablar.
"Qué curioso...", alcanzó a pensar.
Y nada más.
No buscó entenderlo.
No quiso darle ningún significado.
Lo dejó pasar igual que había dejado pasar los demás pensamientos.
Cuando terminaron la meditación, ninguna habló enseguida.
Les gustaba regalarle unos segundos al silencio antes de volver a las palabras.
Fue Lia quien rompió esa quietud.
—Me siento muy tranquila.
Vera sonrió.
—Yo también.
Nara se levantó sin decir nada y fue hasta la cocina.
Regresó con la tetera humeante y comenzó a servir el té con esa calma que parecía acompañarla siempre.
El vapor subía lentamente de las tazas mientras el aroma empezaba a llenar la sala.
Lia sostuvo la suya entre las manos.
Sintió el calor recorrerle los dedos.
—Ahora sí se me están calentando las manos —dijo riendo.
Las tres rieron con ella.
Después de unos minutos, cuando cada una ya había dado los primeros sorbos, Vera preguntó lo que siempre terminaba preguntando.
—Bueno... ¿y hoy qué estamos tomando?
Nara sonrió antes de responder.
—Hoy elegí té blanco.
Lia volvió a acercar la taza al rostro para percibir mejor su aroma.
Era delicado.
Muy distinto a otros tés que habían compartido.
—Siempre me ha gustado este té —continuó Nara—. Se prepara con los brotes más jóvenes de la planta del té y casi no pasa por procesos de elaboración. Por eso conserva un sabor tan suave. Me gusta pensar que es un té que no necesita hacer mucho para ser especial.
Vera volvió a probarlo.
—Es cierto... es como si invitara a bajar el ritmo.
Nara asintió.
—Dicen que también es uno de los tés más delicados. Hay que prepararlo con paciencia, sin agua demasiado caliente, para no perder su esencia. Tal vez por eso me recuerda que algunas cosas bonitas aparecen cuando dejamos de apresurarlo todo.
Lia no dijo nada.
Solo dio otro sorbo.
Miró un instante el vapor que salía de la taza.
Sin saber por qué, volvió a recordar el arcoíris que había visto durante la meditación.
Y, por primera vez en todo el día, dejó de pensar en la tormenta.
La tarde fue cayendo poco a poco.
Como ocurría casi siempre, las tres siguieron conversando un largo rato. Hablaron de cosas importantes y de otras que probablemente olvidarían al día siguiente. Rieron, hicieron planes que quizá nunca cumplirían y dejaron otros para el jueves siguiente.
Cuando el reloj comenzó a recordarles que era hora de volver a casa, recogieron las tazas vacías y se despidieron con un abrazo.
—Nos vemos el próximo jueves.
—Cuídense mucho.
—Y si vuelve a llover... ya saben, acuérdense de mí —dijo Lia entre risas.
Vera negó con la cabeza sonriendo.
—Yo seguro ni me entero.
Las tres rieron una vez más antes de despedirse.
La casa volvió a quedarse en silencio.
Lia acomodó un poco la cocina, lavó las últimas tazas y apagó las luces una por una.
Le gustaba ese momento del día.
Cuando todo parecía detenerse.
Entró a su habitación.
Se cepilló los dientes, se puso ropa cómoda y, antes de acostarse, abrió apenas la persiana.
El cielo ya estaba completamente oscuro.
Ni una gota de lluvia.
Ni una ráfaga de viento.
Solo la noche.
Se recostó sin apagar todavía la lámpara del buró.
No tenía sueño.
Había algo que seguía rondando en su cabeza.
El arcoíris.
Ese instante tan breve durante la meditación.
Cerró los ojos.
Volvió a verlo.
Los mismos colores.
La misma tranquilidad.
Y, sin buscarlo, sintió que algo dentro de ella comenzaba a ordenar las piezas.
Como cuando una conversación termina mucho después de que las palabras se han ido.
Entonces comprendió.
La tormenta seguía siendo la misma.
La que había cambiado era ella.
Recordó el chat de la mañana.
Recordó cómo había vivido aquella noche casi sin dormir.
Recordó a Nara hablando del granizo con absoluta calma.
Recordó a Vera contando que había dormido profundamente.
Las tres habían estado bajo el mismo cielo.
Las tres habían escuchado la misma lluvia.
Y, sin embargo...
cada una había vivido una noche distinta.
Fue entonces cuando aquella voz tranquila, esa que solo aparece cuando la mente deja de hacer ruido, pareció susurrarle muy despacio:
"La lluvia nunca fue el caos."
"Tampoco el viento."
"Ni el granizo."
"Ellos solo hicieron su trabajo."
"El caos comenzó cuando tu mente decidió pelear con aquello que no podía cambiar."
Lia permaneció inmóvil.
Sintió que esas palabras encontraban un lugar dentro de ella.
"Cuando aquietas el ruido de tus pensamientos..."
"también cambia la forma en que miras el mundo."
"Y entonces..."
"aparece el arcoíris."
Abrió lentamente los ojos.
No sintió que hubiera descubierto algo extraordinario.
Al contrario.
Era una verdad tan sencilla que le sorprendió no haberla visto antes.
El arcoíris no había aparecido para anunciar el final de la lluvia.
Había aparecido para recordarle que la calma siempre estuvo ahí, esperando a que el ruido de su mente disminuyera.
Sonrió.
Apagó la lámpara.
Y esa noche, por primera vez en varios días, durmió profundamente.
A la mañana siguiente ya no recordaba el sonido del granizo.
Recordaba el arcoíris.
🍵 El té de esa tarde
Nara había elegido té blanco.
No explicó sus beneficios como quien lee una lista.
Simplemente compartió lo que ese té significaba para ella.
El té blanco se obtiene de los brotes más jóvenes de la planta del té. Apenas se procesa y conserva un sabor suave, delicado y limpio.
Mientras otras variedades llaman la atención por su intensidad, el té blanco parece enseñar algo distinto.
Que no todo lo valioso necesita hacerse notar.
Que la suavidad también tiene fuerza.
Que la calma puede transformar mucho más que el ruido.
Quizá por eso fue el compañero perfecto para aquella tarde.
Mientras ellas conversaban, meditaban y compartían el silencio, el té parecía recordarles, sorbo a sorbo, que la serenidad también puede cultivarse.
🌿 Antes de terminar el té...
Esta semana, si en algún momento sientes que todo ocurre demasiado rápido, prueba hacer una pausa de apenas tres minutos.
No necesitas música.
Ni una meditación guiada.
Ni un lugar especial.
Solo siéntate cómodamente.
Respira con tranquilidad.
Mientras inhalas, pregúntate en silencio:
¿Qué está ocurriendo realmente?
Y mientras exhalas, pregúntate:
¿Qué parte de este caos está afuera... y qué parte la está creando mi mente?
No busques responder enseguida.
Solo deja que la pregunta repose dentro de ti.
A veces la calma no llega porque encontremos respuestas.
A veces llega porque dejamos de luchar con las preguntas.
Y, cuando eso sucede...
casi siempre aparece un pequeño arcoíris.
Aunque nadie más pueda verlo.
☕ Nos encontramos en el próximo te.
🌿 La planta de la noche: Té blanco
¿Qué es el té blanco?
El té blanco proviene de la planta Camellia sinensis y es una de las variedades menos procesadas del té. Se elabora a partir de los brotes más jóvenes y delicados de la planta, los cuales se recolectan cuidadosamente y se secan de manera natural para conservar la mayor parte de sus compuestos.
Su sabor es suave, ligero y delicado, lo que lo convierte en una bebida ideal para quienes buscan una infusión sutil y reconfortante.
¿Para qué se utiliza tradicionalmente?
Tradicionalmente se le atribuyen propiedades como:
- Aportar antioxidantes naturales.
- Favorecer el bienestar general.
- Acompañar momentos de relajación.
- Contribuir al cuidado natural del organismo.
- Favorecer una sensación de ligereza y equilibrio.
¿Cuándo suele tomarse?
- Por la mañana.
- Durante una pausa tranquila del día.
- En momentos de lectura, meditación o reflexión.
- Como una bebida ligera después de los alimentos.
Preparación tradicional
Ingredientes
- 1 taza de agua (80 °C aproximadamente).
- 1 cucharadita de té blanco.
Preparación
- Calienta el agua sin dejar que hierva completamente.
- Agrega el té blanco.
- Déjalo reposar entre 3 y 5 minutos.
- Cuela y disfruta lentamente.
🌈 Un momento para ti
A veces el ruido más fuerte no proviene del viento.
Proviene de nuestros propios pensamientos.
La próxima vez que sientas que todo a tu alrededor parece un caos, prueba este pequeño ejercicio.
- Siéntate cómodamente.
- Cierra los ojos.
- Respira profundamente cinco veces.
- Pregúntate:
¿Qué parte del caos está realmente afuera y qué parte está ocurriendo dentro de mí?
No busques responder de inmediato.
Solo observa.
Después imagina un arcoíris apareciendo lentamente frente a ti.
Permite que esa imagen te recuerde que, incluso después de las tormentas más intensas, siempre existe la posibilidad de volver a la calma.
⚠️ Nota importante
La información compartida en este espacio tiene únicamente fines informativos, culturales y de experiencia personal alrededor del uso tradicional de las plantas e infusiones.
Té con Intención no busca sustituir recomendaciones médicas, diagnósticos ni tratamientos profesionales. Cada persona es responsable del consumo de cualquier planta o infusión mencionada dentro del blog y se recomienda informarse adecuadamente antes de utilizarla.
"La paz no siempre llega cuando termina la tormenta; muchas veces aparece cuando aprendemos a mirar la lluvia con otros ojos."
Lizeth Cruz
Autora de Té con Intención
🌿 Nos vemos en la cima, cualquiera que sea tu cima.